Thursday, July 27, 2006

APUNTES SOBRE LA "CASA PARA SER"





“La curiosidad hace al viajante; a quien regresa, le queda
el recuerdo de lo maravilloso y la angustia del alma.” (L. Toski)

Quien esté familiarizado con la obra del excéntrico arquitecto autobautizado F.A.B., no se sorprenderá al conocer las características de su “Casa para ser”, tan imprevisible como el azar y casi tan inaccesible como una abstracción.
La existencia de la “Casa para ser” se ha puesto en duda en los últimos años: de ella no hay más que testimonios escritos y orales, puesto que no está permitido sacar fotografías o registrar la construcción con imágenes de ningún tipo, y ello se suma a lo aislado del lugar en que se erige. Ambos factores hacen de esta casa una suerte de misterio: se cree o no en su existencia, al igual que se cree en Dios, Baco, Ra, Inti o cualquier otra divinidad.
Advierto en este punto al lector: quien firma esta nota no sólo cree en la existencia de la “Casa para ser”, sino que asegura haberla visitado y pretende dar cuenta de su experiencia en esta nota.
En una zona alejada de la amazonía peruana, cerca de tribus indígenas cuyos miembros ignoran la fama que goza F.A.B. en Europa, Asia y América, se erige la singular construcción de hormigón. Y en este punto me permito un breve paréntesis para referirme al material que F. A. B. eligió para levantar esta casa.
Si sostenemos, junto con P. Merk, que “la obra es la materia, así como la materia es la obra” , se nos hace imposible pasar por alto la sustancia con la que esta edificación, inmensa desde el ángulo en que se la mire, tiene por soporte. El hormigón es para la sensible mentalidad moderna una metáfora de lo real. Así como muchos utilizan el vidrio para referirse a lo que “no puede reflejarse pero sí traspasarse”, de la misma manera en que no pocos “arquitectos de country” utilizan ladrillos para aludir a “lo rústico del dinero”, F.A.B. ha utilizado hormigón para dar materialidad a lo irreal de su proyecto. (Es importante una aclaración: aquello a lo que F.A.B. intenta aludir no se presenta de manera evidente para el espectador medio, aunque sí para quien esté interiorizado con las últimas teorías de la arquitectura conceptual).
Si bien la “Casa para ser” no se encuentra a más de diez kilómetros de la ciudad de Iquitos, sólo se puede llegar hasta ella por río. Los indígenas recorren la zona en precarios botes de madera; al pasar junto a la casa, sólo le dedican miradas o bien de asco o bien de risa, en todo caso, desconocen el valor real de extravagante construcción. Uno de los nativos que me llevó hasta el lugar se permitió hacer un chiste sobre la obra: “es un hormigón, una hormiga grande” dijo, y luego festejó su ocurrencia.
Imposible describir mi agitación interior al ver, entre la tupida vegetación, un claro elemento inconciliable: la “Casa para ser”, que se erigía imponente y descomunal, como la manifestación del sueño de una mente maldita.
La cuestión surgió un instante después, antes de bajarme del bote y, en consecuencia, antes de siquiera acercarme y recorrer los rincones de la singular construcción. Observé con detenimiento a los dos nativos que me acompañaban en el bote, sus rostros indiferentes y, a la vez, burlones. Les había pagado veinte soles para que me fueran a buscar una hora más tarde. Los vi alejarse en el río, los remos introducidos con lentitud en el agua; luego descubrí, a lo lejos, una precaria choza con techo de paja y permanecí absorta en su contemplación durante unos instantes. Detrás mío, la “Casa para ser”, aquello por lo que había recorrido largos kilómetros, la obra que había ocupado gran parte de mi pensamiento e investigación de los últimos meses. Sin embargo, permanecí de espaldas a ella, y observé todo lo que desde allí podía verse.
Es necesario que aclare, pues más de un detractor se entusiasmará con tal imagen (esto es, una crítica de arquitectura que permanezca de espaldas a la “Casa para ser”), que la experiencia de recorrer los rincones de esta obra de F.A.B. fue en verdad maravillosa. Pero no pretendo aquí elogiar la obra (tal vez lo haga en una nota futura), pues prefiero hacer hincapié en otra cuestión, inevitable y perturbadora, que surgió en aquel instante y que persiste en mí, aún luego de haber estudiado en detalle la construcción: ¿el valor de la “Casa para ser” es intrínseco a ella o surge sólo en el momento en que una sociedad la aprecia? Una “obra de arte”, ¿puede ser tal cosa si no existe un espectador que tenga la posibilidad de tener contacto con ella?

Nadia Pérez